martes, 20 de agosto de 2019

Un chihuahua en Beverly Hills 3: ¡Viva la fiesta! (2012)


"En un mundo de perros grandes, Rosita, tu papá es bastante pequeño. Pero no dejé que mi talla sea una desventaja, solo aprendí a usarla. Hago que los perros grandes deseen ser pequeños. Tú eres Rosa Cortez: haz parte de ti lo que te vuelve diferente."

Decía Walt Whitman que era inmenso y contenía multitudes. Así me siento yo cada día de mi vida, intrigado por ver una película experimental de Chris Marker cuando de repente Air Bud: Spikes Back (la quinta entrega de la saga, en la que el golden retriever favorito de los televidentes demuestra su talento en el volley-playa) entra en mi radar y se niega a irse. En el tiempo limitado de vida del que disponemos, este tipo de decisiones se nos presentan una y otra vez, y aunque nuestra faceta arribista quiera obedecer a los omniscientes críticos que prometen que La jetée, en su esplendorosa e influyente media hora de imágenes fijas, es una genialidad, la realidad es que no contiene en ninguno de sus fotogramas a un perro jugando al voleibol. 

Por sumar citas célebres a esta crítica, cuyo objeto en el momento de escribir estas líneas desconozco, Guy Debord sentencia: "el aburrimiento es contrarrevolucionario". La cuestión: ¿al elegir entre las cinco horas del Novecento de Bertolucci, epopeya sobre la lucha de clases, y Princesa por Sorpresa 2, cuál es realmente más revolucionaria? Pista: es aquella cuyo director no es cómplice de abuso sexual.

Perros que hablan, estudiantes marginadas que pasan a convertirse en reinas, policías infiltradas en concursos de miss... El capitalismo ha intentado sabotear la frase de Debord intentando entretener y apelando al mínimo común denominador, pero los resultados son tan nefastos (al menos a lo que se refiere al impacto sociocultural) que provocan un efecto de retroceso sobre el propio sistema. Su propio détournement. Así que mientras la élite académica se rasga las vestiduras ante las obras maestras, facilitando a los poderosos apropiarse de ellas, el único verdadero reducto de la revolución es Un chihuahua en Beverly Hills 3: ¡Viva la fiesta!

Sé lo que pensáis, que este artefacto maligno sólo existe porque Disney necesitaba encontrar la manera de rentabilizar la inversión en los científicos nazis que sometieron a un grupo de chihuahuas a terribles experimentos hasta que comenzaron a hablar. Y eso es más que probable. Pero eso no resta poder a la película, al contrario: reclamar esta cinta como propia, sabiendo que nunca va a ser recuperada por los demoníacos ejecutivos que la engendraron, es una de las pocas victorias aseguradas que tenemos en la eterna batalla entre arriba y abajo.

Antes de nada, soy consciente de que el subtítulo en castellano peninsular es La fiesta comienza,  y no ¡Viva la Fiesta!. Sin embargo, y sin que sirva de precedente, Hispanoamérica acierta en la traducción, por el mero hecho de que ese es también el nombre original en inglés. A veces la inacción es la mejor acción. Como muestra de mi agradecimiento veré la película doblada en latino, que también supongo será la versión más fiel del material de origen.

Un coro griego de perros mariachis nos presenta la trama: un ejército de chihuahuas armados con amor y crema de maní, underdogs en sentido literal y figurado, va a luchar contra un enemigo no determinado. Papi, nuestro protagonista seguramente, despierta a su camada para comenzar el día: la lección de hoy es la versión perruna del Tinder, orinar sobre piedras. No tienen ni idea del problema que se les va a venir encima: Rachel (Erin Cahill) y Sam (Marcus Coloma), la pareja humana con la que conviven (resulta difícil llamarlos dueños, porque están muy en minoría) tienen intención de mudarse a trabajar a un hotel, poniendo garras arriba la vida de Papi y la panda.

El ambiente estirado de su nuevo alojamiento no es del gusto de Papi, un latino apasionado que, en alguna entrega anterior de la saga de la que no tengo constancia, ha conquistado el corazón de Chloe, que en su vida pasada parecía más acostumbrada a la jet set. De hecho, es inmediatamente reconocida tanto por congéneres caninos como por el mánager del hotel (Cedric Yarbrough), que, tras unos incidentes que no se explican, necesita un lavado de imagen para atraer al público de cuatro patas. El pedigree de Chloe es más que suficiente para contratar en el acto a Rachel y Sam, para desgracia de Papi, que ve de cerca como, con esta nueva vida, su papel en la crianza de los chiquillos y chiquillas de su prole puede pasar a un segundo plano.

El conflicto interior de Papi es intenso y se manifiesta en múltiples niveles. No sólo teme perder importancia como co-cabeza de familia, si no también que el codearse con la clase alta norteamericana diluya la identidad mexicana de sus jóvenes e influenciables churumbeles. En una sociedad post-Trump, este mensaje es de una resonancia colosal: cuando su hija Rosita afirma preferir una fiesta de "sweet sixteen" antes que de "quinceañera" (he de aclarar que se refieren a quince años perrunos), Papi sabe que se enfrenta a una última oportunidad para inculcar sus raíces a su descendencia. La presión externa que fuerza la naturalización de su hija es tal que a Rosita no le importa esperar un año más para celebrar su paso de niña a mujer, lo cual no se hace explícito en la película, pero imagino que es lo más preocupante para Papi.

Y no solo son los pequeños y pequeñas los que están sometidos a esta presión: Chloe, que como ya sabemos ha experimentado los placeres hedonistas de la nueva aristocracia, amaga con caer de nuevo en las manos del consumismo más atroz. Papi no puede más que contemplar, indefenso, como su esposa recibe la atención de fotógrafos excitables (interpretado por J.P. Manoux, mi actor favorito del universo live-action de Disney) y, en particular, de Oscar, el San Bernardo responsable de educar a los cachorros durante su estancia en el hotel.

El Langham-Huntington de Pasadena tampoco resulta acogedor en un principio para Rachel, que debe lidiar con su nuevo jefe, un prepotente chef francés que amenaza con, y cito textualmente, "cocerle el ganso", y le lanza perejil a puñados. Por su parte, Sam debe disfrazarse de Cocodrilo Dundee para desempeñar la función de jardinero, poco agradecida en un hotel donde nuestros peludos amigos campan a sus anchas. Su compañero es Lester, encarnado por la mitad menos conocida de Tenacious D, Kyle Gass, que finge tener síndrome del túnel carpiano para no darle una pala. La arrogancia y la haraganería, síntomas claros del capitalismo tardío, se interponen en la vida profesional de la pareja con la inevitabilidad de una puesta de sol. La conclusión es clara: acercarse a la plutocracia es encontrarse con individuos parasíticos y, a menudo, franceses.

El nuevo tiempo libre de Papi le permite hacer descubrimientos reveladores sobre Oscar y su contrapartida humana Jenny. Manipulados por el propietario de un hotel rival, actúan como agentes dobles boicoteando el Langham-Huntington; se entiende que ellos han sido los responsables de esos sucesos que han mermado la reputación del establecimiento. La aparición de Chloe y su star power ha puesto en jaque este plan, por lo que serán necesarias medidas drásticas para garantizar el éxito de la estratagema. La falta de motivaciones realistas para la traición de Oscar y Jenny es simplemente un reflejo de lo sencillo que es para el sistema corromper a sus miembros más débiles.

Esa deconstrucción del padre moderno que es Papi tiene que hacer malabares para ocuparse de todos estos frentes abiertos, por lo que no duda en aceptar la ayuda de otros canes: Pedro, un pitbull obseso de la crema de maní que parece ser hermano putativo de Papi; Sebastián, un carlino que se pone a su servicio para organizar la fiesta de quinceañera de su hija; y Arnie, un perro callejero mudo que se comunica tallando en madera todo lo que ve, como Cletus en aquel episodio de los Simpsons. La unión hace la fuerza.

Lo intenso de la trama no significa que no haya espacio para lo estrambótico: Chloe interpreta al piano la Sonata a la luz de la luna de Beethoven ante el asombro de exactamente cero de los comensales que son testigos de tal gesta (qué novedad, la flor y nata incapaz de reconocer lo verdaderamente excepcional). Papi mientras tanto celebra las audiciones para la banda de la fiesta, a la que se presentan perros rastafaris, la versión canina de Tony Iommi (¡tiene tres dedos!), los Houndgarden ("los adoran en Seattle", certifica Sebastián), Lady Guagua y el Vagabundo, y los Black Eyed Fleas, cuya estelar aparición provoca uno de los pocos momentos de carcajada limpia del filme, en los que conseguimos olvidarnos del contexto sociopolítico por unos segundos.

Finalmente, y como no podía ser de otra manera, impera la tradición y el trío de mariachis del inicio (con el original nombre de Los Tres Mariachis) son seleccionados, entre otras cosas porque juran ser duchos en blues, hip hop, death metal, klezmer y ópera barroca ("¿Vivaldi o Bach?", responde uno de ellos, que al parecer se ha hecho con una ópera hasta ahora desconocida del maestro alemán). Pero básicamente van a cantar rancheras, que es para lo que les pagan, y lo que necesita Rosita para mantener su mexicanidad intacta.

Papi y su trama de conspiraciones intentan abrirse paso entre lo absurdo: justo cuando descubre las tretas de Oscar y Jenny, tiene que enfundarse un maillot de lentejuelas para aprender a bailar salsa. Por si esto fuera poco, debe escuchar a su esposa decirle a Oscar "te sale bien la postura del perro" y, milagrosamente, evitar sacar conclusiones no muy precipitadas. Para rematar, cuando pilla a Jenny en el despacho del mánager cometiendo tropelías, destruye accidentalmente un distinguido pañuelo, poniendo así en peligro el puesto de Rachel y Sam. Con Chloe en contra por espiar sus sugerentes conversaciones, sus hijos con el seso medio sorbido por la alta alcurnia yanqui, y tres mariachis que no hacen más que seguirlo, ¿cómo conseguirá Papi sobreponerse a las adversidades y celebrar la fiesta de quinceañera más pinche maravillosa de este lado de Michoacán?

Casualmente, no es la única fiesta que se celebrará en el hotel en esas fechas, porque Jenny y el malvado magnate hostelero del otro hotel planean dar el golpe de gracia al Langham-Huntington torpedeando el guateque del año de Amelia James, una ricachona británica cuya perrita, Charlotte, casi muere ahogada cuando su colgante de "todo incluido" cae a la piscina. Por suerte, Rosita arriesga su vida para rescatarla, pero una de esas enfurecedoras confusiones que siempre pasan en este tipo de películas hace que Amelia culpe a Papi y su familia del incidente, sin motivo alguno. Charlotte, por supuesto, en su posición de privilegio, ni hace ademán de dar la cara por quienes la han salvado, meros pulgosos a sus ojos. Es más, Rachel y Sam son despedidos cuando Papi y Pedro destruyen el jardín (Rachel también por fastidiarla preparando unos soufflés, aunque no se puede responsabilizar a los perros en ese caso, que yo sepa). La familia Cortez ha tocado fondo.

Charlotte recapacita y ofrece su ayuda para la fiesta de quince, atrapar a Oscar y Jenny, y lo que se tercie. Evadiendo la inepta vigilancia policial, roban al menos un centenar de botes de la reserva privada de crema de maní del hotel, que utilizan para tender una untuosa trampa a Jenny. No hay película de Disney que no incluya al menos a un villano embadurnado de algún tipo de ungüento, y esta no decepciona: una jauría pronto rodea el pringado cadáver de Jenny, mientras se destapa el malévolo plan que habían urdido. Papi y el mánager resuelven sus diferencias y se estrechan la mano, quince minutos antes del final real de la película. El metraje restante se dedica, por supuesto, a la fiesta de quinceañera de Rosita. Papi acepta que la última de la camada ya es una mujer, una mujer valiente, determinada y heroica, que no lo necesita.

Queda poco que añadir ya, pues. No os perdáis los créditos, con múltiples escenas eliminadas: destacable sobre todo aquella en la que el mánager adopta a Arnie, el perro mudo, identificándose con su estatus de inadaptado y acogiéndolo en su suite. Tal vez todos deberíamos ser más como el mánager, y cuando una babeante, incontinente, hedionda morralla cinematográfica se acurruque a nuestros pies y nos lama los zapatos, podamos mirarla con el corazón lleno de amor y decir: "te acepto tal y como eres".

No hay comentarios:

Publicar un comentario