“Ya te lo dije. Finjo en cualquier momento y lugar, salvo en
el escenario”
No
podemos olvidar en ningún momento que el cine, en su origen, nació como un
medio más, una extensión de la fotografía, para captar momentos cotidianos de
la vida del día a día (y por eso ahí tenemos llegadas de tren a estación y
salidas de catedral en los primeros tiempos). Sería con el ahora recuperado
para el público general, a Dios gracias, Georges Méliès que el cine se
popularizaría con la vestimenta de ficción.
Quizás
por eso resulta tan carismático el cine cuando se reconvierte en metacine, y se
nutre de manera clara y descarada de la realidad para transformar sus
historias. Ya lo hizo hace pocos meses Ari Folman con El congreso que no habréis visto –ojalá me equivoque- porque sois
Satán, pero que realizó un esforzadísimo y muy bien concluido ejercicio de
ciencia ficción, animación y documental que no podía sino maravillar en cada
plano.
Esa
intención de maravilla en cada plano es algo que se repite en Birdman o (La inesperada virtud de la
ignorancia), una película tan elogiada que ya muchos empiezan a apartarse
de ella, asqueados, tildándola de pretenciosa, innecesaria, o aburrida. Al
margen de que no sea ninguna de estas cosas (bueno… pretenciosa tal vez un
poco, sí), es innegable la capacidad de autocrítica (o más bien de reírse de uno mismo) y crítica que hay en esta particular comedia negra.