“¿Qué son tus
piernas? Muelles de acero, ¿Y qué van a hacer? Llevarme a toda velocidad, ¿A
qué velocidad puedes correr? A la de un leopardo, ¿Y a qué velocidad vas a
correr? A la de un leopardo”
Peter
Weir mola. Es un hecho tan palpable que me parece incluso insultante el
recordarlo. Lo demostró en Único testigo y
en La costa de los mosquitos. Lo
demostró en la reciente y muy memorable Camino
a la libertad. Lo demostró en El show
de Truman. En Master and Commander:
al otro lado del mundo. En El año que
vivimos peligrosamente. En El club de
los poetas muertos. Rediez, lo ha demostrado tantas veces que ya he perdido
la cuenta de ello.
Así
y todo, y con tantas cintas memorables, la que sin duda quedará para mi recuerdo,
unida de forma imborrable a su nombre, es una de sus “primeras obras” (el
cuarto largometraje que dirigía, aún así), antes de su gran salto al estrellato
y a Hollywood, donde supo reinventar su manera de hacer cine sin perder su
esencia.
